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domingo, 11 de febrero de 2018

JESÚS, AMIGO DE LOS EXCLUÍDOS


AMIGO DE LOS EXCLUIDOS



Jesús era muy sensible al sufrimiento de quienes encontraba en su camino, marginados por la sociedad, olvidados por la religión o rechazados por los sectores que se consideraban superiores moral o religiosamente.

Es algo que le sale de dentro. Sabe que Dios no discrimina a nadie. No rechaza ni excomulga. No es solo de los buenos. A todos acoge y bendice. Jesús tenía la costumbre de levantarse de madrugada para orar. En cierta ocasión desvela cómo contempla el amanecer: «Dios hace salir su sol sobre buenos y malos». Así es él.

Por eso a veces reclama con fuerza que cesen todas las condenas: «No juzguéis y no seréis juzgados». Otras, narra una pequeña parábola para pedir que nadie se dedique a «separar el trigo y la cizaña», como si fuera el juez supremo de todos.

Pero lo más admirable es su actuación. El rasgo más original y provocativo de Jesús fue su costumbre de comer con pecadores, prostitutas y gentes indeseables. El hecho es insólito. Nunca se había visto en Israel a alguien con fama de «hombre de Dios» comiendo y bebiendo animadamente con pecadores.

Los dirigentes religiosos más respetables no lo pudieron soportar. Su reacción fue agresiva: «Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de pecadores». Jesús no se defendió. Era cierto, pues en lo más íntimo de su ser sentía un respeto grande y una amistad conmovedora hacia los rechazados por la sociedad o la religión.

Marcos recoge en su relato la curación de un leproso para destacar esa predilección de Jesús por los excluidos. Jesús está atravesando una región solitaria. De pronto se le acerca un leproso. No viene acompañado por nadie. Vive en la soledad. Lleva en su piel la marca de su exclusión. Las leyes lo condenan a vivir apartado de todos. Es un ser impuro.

De rodillas, el leproso hace a Jesús una súplica humilde. Se siente sucio. No le habla de enfermedad. Solo quiere verse limpio de todo estigma: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se conmueve al ver a sus pies a aquel ser humano desfigurado por la enfermedad y el abandono de todos. Aquel hombre representa la soledad y la desesperación de tantos estigmatizados. Jesús «extiende su mano» buscando el contacto con su piel, «lo toca» y le dice: «Quiero, queda limpio».

Siempre que discriminamos desde nuestra supuesta superioridad moral a diferentes grupos humanos (vagabundos, prostitutas, toxicómanos, psicóticos, inmigrantes, homosexuales…) y los excluimos de la convivencia negándoles nuestra acogida nos estamos alejando gravemente de Jesús.



Evangelio Comentado por:
José Antonio Pagola
Mc 1,40-45

lunes, 5 de febrero de 2018

A LA PUERTA DE NUESTRA CASA


A la puerta de nuestra casa



En la sinagoga de Cafarnaún Jesús ha liberado por la mañana a un hombre poseído por un espíritu maligno. Ahora se nos dice que sale de la «sinagoga» y marcha a «la casa» de Simón y Andrés. La indicación es importante, pues en el Evangelio de Marcos lo que sucede en esa casa encierra siempre alguna enseñanza para las comunidades cristianas.

Jesús pasa de la sinagoga, lugar oficial de la religión judía, a la casa, lugar donde se vive la vida cotidiana junto a los seres más queridos. En esa casa se va a ir gestando la nueva familia de Jesús. En las comunidades cristianas hemos de saber que no son un lugar religioso donde se vive de la Ley, sino un hogar donde se aprende a vivir de manera nueva en torno a Jesús.

Al entrar en la casa, los discípulos le hablan de la suegra de Simón. No puede salir a acogerlos pues está postrada en cama con fiebre. Jesús no necesita más. De nuevo va a romper el sábado por segunda vez el mismo día. Para él, lo importante es la vida sana de las personas, no las observancias religiosas. El relato describe con todo detalle los gestos de Jesús con la mujer enferma. 

«Se acercó». Es lo primero que hace siempre: acercarse a los que sufren, mirar de cerca su rostro y compartir su sufrimiento. Luego, «la cogió de la mano»: toca a la enferma, no teme las reglas de pureza que lo prohíben; quiere que la mujer sienta su fuerza curadora. Por fin, «la levantó», la puso de pie, le devolvió la dignidad.

Así está siempre Jesús en medio de los suyos: como una mano tendida que nos levanta, como un amigo cercano que nos infunde vida. Jesús solo sabe servir, no ser servido. Por eso la mujer curada por él se pone a «servir» a todos. Lo ha aprendido de Jesús. Sus seguidores han de vivir acogiéndose y cuidándose unos a otros.

Pero sería un error pensar que la comunidad cristiana es una familia que piensa solo en sus propios miembros y vive de espaldas al sufrimiento de los demás. El relato dice que, ese mismo día, «al ponerse el sol», cuando ha terminado el sábado, le llevan a Jesús toda clase de enfermos y poseídos por algún mal.

Los seguidores de Jesús hemos de grabar bien esta escena. Al llegar la oscuridad de la noche, la población entera, con sus enfermos, «se agolpa a la puerta». Los ojos y las esperanzas de los que sufren buscan la puerta de esa casa donde está Jesús. La Iglesia solo atrae de verdad cuando la gente que sufre puede descubrir dentro de ella a Jesús curando la vida y aliviando el sufrimiento. A la puerta de nuestras comunidades hay mucha gente sufriendo. No lo olvidemos.



© Padre José Antonio Pagola

lunes, 29 de enero de 2018

EL ESPÍRITU INMUNDO SALIÓ DE ÉL


El espíritu inmundo salió de él




«Entonces un hombre poseído por un espíritu inmundo se puso a gritar: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios”. Jesús, entonces, le conminó diciendo: “Cállate y sal de él”. Y agitándose violentamente el espíritu inmundo dio un fuerte grito y salió de él». ¿Qué pensar de este episodio narrado en el Evangelio de este domingo y de muchos otros sucesos análogos presentes en el Evangelio? ¿Existen aún los «espíritus inmundos»? ¿Existe el demonio?

Cuando se habla de la creencia en el demonio, debemos distinguir dos niveles: el nivel de las creencias populares y el nivel intelectual (literatura, filosofía y teología). En el nivel popular, o de costumbres, nuestra situación actual no es muy distinta de la de la Edad Media, o de los siglos XIV al XVI, tristemente famosos por la importancia otorgada a los fenómenos diabólicos. Ya no hay, es verdad, procesos de inquisición, hogueras para endemoniados, caza de brujas y cosas por el estilo; pero las prácticas que tienen en el centro al demonio están aún más difundidas que entonces, y no sólo entre las clases pobres y populares. Se ha transformado en un fenómeno social (y comercial) de proporciones vastísimas. Es más, se diría que cuanto más se procura expulsar al demonio por la puerta, tanto más vuelve a entrar por la ventana; cuánto más es excluido por la fe, tanto más arrecia en la superstición.

Muy diferentes están las cosas en el nivel intelectual y cultural. Aquí reina ya el silencio más absoluto sobre el demonio. El enemigo ya no existe. Creo que uno de los motivos por los que muchos encuentran difícil creer en el demonio es porque se le busca en los libros, mientras que al demonio no le interesan los libros, sino las almas, y no se le encuentra frecuentando los institutos universitarios, las bibliotecas y las academias, sino, precisamente, a las almas. Pablo VI reafirmó con fuerza la doctrina bíblica y tradicional en torno a este «agente oscuro y enemigo que es el demonio». Escribió, entre otras cosas: «El mal ya no es sólo una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y espantosa».

También en este campo, sin embargo, la crisis no ha pasado en vano y sin traer incluso frutos positivos. En el pasado a menudo se ha exagerado al hablar del demonio, se le ha visto donde no estaba, se han cometido muchas ofensas e injusticias con el pretexto de combatirle; es necesaria mucha discreción y prudencia para no caer precisamente en el juego del enemigo. Ver al demonio por todas partes no es menos desviador que no verle por ninguna. Decía Agustín: «Cuando es acusado, el diablo se goza. Es más, quiere que le acuses, acepta gustosamente toda tu recriminación, si esto sirve para disuadirte de hacer tu confesión».

Antes aún de que Jesús dijera algo aquel día en la sinagoga de Cafarnaúm, el espíritu inmundo se sintió desalojado y obligado a salir al descubierto. Era la «santidad» de Jesús que aparecía «insostenible» para el espíritu inmundo. El cristiano que vive en gracia y es templo del Espíritu Santo, lleva en sí un poco de esta santidad de Cristo, y es precisamente ésta la que opera, en los ambientes donde vive, un silencioso y eficaz exorcismo.


© P. Raniero Cantalamessa

domingo, 21 de enero de 2018

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 21 ENERO 2018


Comentario al Evangelio de hoy domingo, 21 de enero de 2018
Fernando Torres cmf


Convertíos y seguidme

      Después de los muchos años que pasó de vida oculta en Nazaret con su familia, después de pasar cuarenta días en el desierto y hacerse bautizar por Juan, Jesús tenía ideas claras sobre su misión. Su vida se dedicaría a proclamar la buena nueva de la salvación. El mensaje a comunicar era conciso y concreto: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed en el Evangelio”. Casi diríamos que en su formulación intervino algún profesional del mundo de la publicidad actual. Jesús le dice a su gente que ha terminado ya el tiempo de la espera. Hay algo nuevo que está aquí, que viene a nosotros. Su venida no depende de nuestro esfuerzo sino de la voluntad de Dios. Ha sido él el que ha roto los plazos y se ha presentado en medio de nuestro mundo. Sin avisar. Sin pedir permiso. En nosotros está acoger ese Reino que viene a nosotros. A que le acojamos convenientemente se dirigen las últimas palabras de Jesús invitándonos a la conversión y a la fe. 

      Se ve que el niño de Belén, al que hace poco celebrábamos entre villancicos y fiestas, ya ha crecido y tiene algo que decirnos. No es un juguete sonrosado con el que podamos hacer lo que queramos. Nos habla como a personas adultas, nos invita a cambiar de vida, a convertirnos. Para acoger el Reino de Dios que está cerca. Porque el tiempo se ha cumplido. Ya no es tiempo de excusas. Dios está aquí y nos llama. 

      Por eso el mensaje de Jesús, que, al principio, parece dirigirse a todos los que le escuchan de una forma abstracta y general, termina por hacerse concreto. Y sus palabras se pronuncian directamente para Simón y su hermano Andrés. Y para Santiago, el hijo del Zebedeo, y su hermano Juan. Jesús pasa a su lado y no los deja tranquilos. Los llama. Los invita a convertirse, a cambiar de vida, a seguirle. Les da una misión. Lo suyo ya no va a ser pescar peces sino pescar hombres y mujeres, reunir a la familia de Dios, convocar a todos los llamados a participar en el Reino del Padre. 

      Hoy somos nosotros los que escuchamos esta Palabra. Jesús pasa a nuestro lado y nos invita a convertirnos porque el Reino está cerca. Y luego nos llama por nuestro nombre. Para que le sigamos, para que seamos sus discípulos, para que participemos en la misión de reunir a los hijos de Dios perdidos y formemos la familia de los hijos en torno al Padre. El momento es apremiante, como dice Pablo en la carta a los corintios. ¿Vamos a perder también esta oportunidad?



Para la reflexión 

      ¿Son mis palabras y mis acciones fuente de división y violencia entre los hermanos? ¿O contribuyo con mi forma de vivir y de relacionarme con los que me rodean a reunir a los hijos de Dios? ¿Qué puedo hacer para cumplir con la misión que Jesús me ha encomendado?

lunes, 15 de enero de 2018

TIEMPO DE ALEGRÍA ESPIRITUAL


Tiempo de alegría espiritual
El verdadero cristiano es incapaz de vivir al margen de la alegría.


Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer 




Marcos 2, 18-22. El novio está con ellos
En una ocasión, en que los discípulos de Juan el Bautista y los fariseos ayunaban, fueron a decir a Jesús: «¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan y en cambio los tuyos no?» Jesús les contestó: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras el novio está con ellos no tiene sentido que ayunen. Llegará el día en que el novio les será quitado. Entonces ayunarán. Nadie cose un remiendo de tela nueva a un vestido viejo, porque lo añadido hará encoger el vestido, lo nuevo hará encoger lo viejo, y el desgarrón se hará mayor. Y nadie guarda vino nuevo en odres viejos, porque el vino hará reventar los odres, y se perderán vino y odres. A vino nuevo, odres nuevos».

Reflexión
1. En el Evangelio de hoy, Jesús se enfrenta con los judíos respecto al ayuno. Él no rechaza el ayuno en general, sólo manifiesta su inoportunidad. “¿Pueden ayunar los invitados a bodas, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen consigo al novio, no pueden ayunar”.

Los discípulos de Jesús no ayunan, porque Él está con ellos. Deben vivir la felicidad del tiempo mesiánico y festejar al novio. No pueden comportarse como en un día de duelo.

2. Así el Evangelio de hoy es una invitación a la alegría profunda, también para todos nosotros. Y la fuente de tal alegría es la realidad del “Dios con nosotros”.

El verdadero cristiano es incapaz de vivir al margen de la alegría. Por Cristo fue introducido e instalado en la alegría, entregado a la alegría. Por eso, nuestra alegría es la medida de nuestro apego a Dios. Y nuestra negativa al gozo es nuestra negativa a Dios.

3. Pero, ¿nuestra vida diaria está saturada realmente de esta alegría cristiana? ¿Vivimos verdaderamente como hombres, para los que lo más esencial de su vida es el ser redimido por Cristo, el ser amado por el Padre?

Me parece que no cabe duda: estamos lejos de pensar así. Es un idioma que a los propios cristianos nos resulta raro.

Desgraciadamente vivimos en una sociedad que aprecia cosas y personas no por lo que son, sino por lo que producen y cuestan. Cada vez más estamos siendo dominados por una sociedad que se basa en tener más y no en ser más.

Nuestras lamentaciones e insatisfacciones van en torno de las cosas que nos faltan, de las cosas que cada día cuestan más, de las muchas cosas que quisiéramos tener y no podemos lograr.

Nuestra vida se desarrolla en el juego del dolor y de la alegría, del optimismo y del pesimismo, del éxito y del fracaso. Pero seamos sinceros: el dolor, el pesimismo, el fracaso - así como sus contrarios - los clasificamos así según las cosas que alcanzamos o no alcanzamos.

4. Pocas veces pensamos en nuestras riquezas espirituales: que es maravilloso existir, tener la suerte de vivir: que es maravilloso ser cristiano, ser salvado por Cristo; que es maravilloso tenerle a Él como hermano que nunca nos abandona; que es maravilloso tener a la Virgen María que nos acompaña y protege en cada momento; que es maravilloso ser invitado al banquete en la Casa del Padre por toda la eternidad.

En medio de una sociedad que se deja llevar por la pasión de tener más, nosotros debemos esforzarnos por ser más. Pero esto no significa la negación de las cosas, sino verlas a la luz de Cristo, verlas desde su valor relativo y no absoluto. Porque las cosas nos son dadas para su uso, no para su abuso: sólo son medios, nunca fin.

Desde Cristo sabemos que ni las cosas ni la vida terrena son definitivas. Sabemos que estamos de paso, que somos peregrinos en esta tierra. Y el peregrino es aquel que no se instala, que no busca su seguridad en poseer, sino en ser. Es aquel que no busca su alegría en las riquezas materiales, sino en las promesas espirituales de Dios.

5. Queridos hermanos, aprovechemos esta Eucaristía, este banquete de bodas en que el novio divino está con nosotros, para penetrar más en el espíritu cristiano de alegría, de gozo, de fiesta.
Y llevemos esta alegría cristiana también afuera, en nuestra vida diaria, como testimonio de nuestra vocación a la felicidad eterna.

Ofrezcamos especialmente alegrías, no sólo sacrificios y cruces.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

domingo, 10 de diciembre de 2017

MEDITACIÓN PARA EL II DOMINGO DE ADVIENTO 2017


CON JESÚS COMIENZA ALGO BUENO




A lo largo de este nuevo año litúrgico, los cristianos iremos leyendo los domingos el evangelio de Marcos. Su pequeño escrito arranca con este título: «Comienzo de la buena noticia de Jesús, el Mesías, Hijo de Dios». Estas palabras nos permiten evocar algo de lo que encontraremos en su relato.

Con Jesús «comienza algo nuevo». Es lo primero que quiere dejar claro Marcos. Todo lo anterior pertenece al pasado. Jesús es el comienzo de algo nuevo e inconfundible. En el relato, Jesús dirá que «el tiempo se ha cumplido». Con él llega la buena noticia de Dios.

Esto es lo que están experimentando los primeros cristianos. Quien se encuentra vitalmente con Jesús y penetra un poco en su misterio sabe que con él empieza una vida nueva, algo que nunca había experimentado anteriormente.

Lo que encuentran en Jesús es una «Buena Noticia». Algo nuevo y bueno. La palabra «evangelio» que emplea Marcos es muy frecuente entre los primeros seguidores de Jesús y expresa lo que sienten al encontrarse con él. Una sensación de liberación, alegría, seguridad y desaparición de miedos. En Jesús se encuentran con «la salvación de Dios».

Cuando alguien descubre en Jesús al Dios amigo del ser humano, el Padre de todos los pueblos, el defensor de los últimos, la esperanza de los perdidos, sabe que no encontrará una noticia mejor. Cuando conoce el proyecto de Jesús de trabajar por un mundo más humano, digno y dichoso, sabe que no podrá dedicarse a nada más grande.

Esta Buena Noticia es Jesús mismo, el protagonista del relato que va a escribir Marcos. Por eso su intención primera no es ofrecernos doctrina sobre Jesús ni aportarnos información biográfica sobre él, sino seducirnos para que nos abramos a la Buena Noticia que solo podremos encontrar en él.

Marcos le atribuye a Jesús dos títulos: uno típicamente judío; el otro, más universal. Sin embargo, reserva a los lectores algunas sorpresas. Jesús es el «Mesías» al que los judíos esperaban como liberador de su pueblo. Pero un Mesías muy diferente del líder guerrero que muchos anhelaban para destruir a los romanos. En su relato, Jesús es descrito como enviado por Dios para humanizar la vida y encauzar la historia hacia su salvación definitiva. Es la primera sorpresa.

Jesús es «Hijo de Dios», pero no dotado del poder y la gloria que algunos hubieran imaginado. Un Hijo de Dios profundamente humano, tan humano que solo Dios puede ser así. Solo cuando termine su vida de servicio a todos, ejecutado en una cruz, un centurión romano confesará: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios». Es la segunda sorpresa.



Evangelio Comentado por:
José Antonio Pagola
Mc 1,1-8

domingo, 19 de noviembre de 2017

ESCONDER LOS TALENTOS - MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 19 NOVIEMBRE 2017


Esconder los talentos
Meditación. Los talentos que Dios concede


Por: P. José Luis Richard | Fuente: Catholic.net 




Los talentos, es decir, los dones de la vida, aquello que somos, los podemos considerar como una fortuna. Pero haremos bien en no olvidar nuestra responsabilidad: del uso que hagamos de ellos dependerá nuestra salvación.

Así lo manifiesta el Evangelio. Al siervo negligente lo condena no por lo que hizo, sino por lo que dejó de hacer. No porque perdió el dinero, sino porque no lo usó: y a ese siervo inútil, arrojadle a las tinieblas. En el juicio final, no acusa a los que están a su izquierda de haberle golpeado, insultado o robado. Cristo no les reprocha alguna acción deshonesta que hayan cometido. Sólo les echa en cara el bien que no le hicieron: cuando no lo hicisteis a mis hermanos, tampoco a mí me lo hicisteis.

Malvado llama Cristo al siervo perezoso. ¿Por qué?

Porque el talento que había recibido no le pertenecía. Era de Dios. El mismo lo confiesa: Señor, aquí tienes tu talento. A él le correspondía administrarlo conforme al deseo de su dueño.

Pero es que, además, cuando Dios concede a alguien un talento, está pensando en todos aquellos a quienes beneficiará cuando ese talento produzca. De ahí que el pecado de omisión, el no producir intereses con el talento recibido, se convierta en un auténtico robo, en traición a los hermanos para quienes estaba destinado.

Nos escandaliza y duele la traición de Judas. La Iglesia naciente chorreó sangre y se estremeció en sus cimientos ante ella. Pero salió victoriosa por la fidelidad militante y operosa de los once apóstoles. Si éstos no hubieran trabajado hasta la muerte por el triunfo de la Iglesia, ¿no hubieran sido ellos los auténticos traidores, mil veces más culpables que el mismo Judas?

Nuestra tarea como cristianos es similar a la de los once. Dios en su designio misterioso ha querido ligar la salvación de los hombres a nuestra fidelidad y a nuestro celo apostólico de cada cristiano. Ahí está el gran talento que coloca con cuidado en nuestras manos. ¡Qué misterio de bondad por parte de Dios pero qué inmensa responsabilidad para cada uno de nosotros!

No omitamos, pues, ni la más pequeña ocasión para hacer el bien. Cuesta poco y da mucho fruto saludar con una sonrisa al vecino, felicitar al compañero de trabajo cuando le ha salido bien su tarea, defender al Papa en una conversación, visitar a tal enferma que se encuentra enferma o sola...

Valoremos nuestros talentos. Seamos conscientes de las inmensas oportunidades que Dios nos da durante el día para colaborar con Él en la extensión de su Reino. Así podremos escuchar de sus labios aquellas otras palabras tan consoladoras: "Animo, siervo bueno y fiel..."

Gracias, Señor, por los talentos que me has dado y la confianza que me muestras. Lucharé con celo por hacerlos fructificar. Pero sin angustia: lo esencial para Ti no es la cantidad conseguida, sino el amor y el esfuerzo.

domingo, 12 de noviembre de 2017

ESTAR PREPARADOS - MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 12 NOVIEMBRE 2017


Estar preparados




Aquellas muchachas del Evangelio no tenían otra cosa que hacer allí que entrar con unas lámparas encendidas acompañando al novio. No tenían que hacer otra cosa. Era muy fácil el encargo, pero el hecho fue que se olvidaron de llevar aceite de repuesto y al pasar el tiempo y darse cuenta de que se les apagaba su luz, se fueron, y no estuvieron allí en el momento preciso. La voz del esposo es contundente y tremenda: no os conozco, ya no nos veremos. ¿Por qué esa respuesta tan fuerte?, ¿por qué no la misericordia si las otras también se durmieron? Es que hay olvidos que no son falta de memoria, sino falta de interés, falta de amor.

Podría parecer que las otras doncellas no vivieron la caridad con ellas, o que el señor las trata sin compasión, pero es que en el corazón es donde uno decide hacer lo que hace. La jóvenes prudentes realmente fueron prudentes, no sólo en ser previsoras, sino también no quedándose sin aceite, porque si estaban allí era para lo que estaban.

En este mundo estamos para alabar a Dios, no para enredarnos en historias y teorías de tal suerte que al llegar la muerte a uno le pille no estando en gracia. Y eso se decide en el día a día, en el interés o la falta de interés ante las mociones de Dios. Nadie se puede quejar de que Dios le diga en la vida eterna que no le conoce (es lo más terrible que Dios puede decir a una criatura), porque depende de uno mismo el amor a Dios. Cada una de nuestras acciones nos acerca a la vida o nos aleja de Dios, cada una es de vida o muerte.

Dame, Señor, la virtud de la prudencia para acertar en cada caso con lo que debo de hacer y lo lleve a cabo; que quiera comprometerme en lo que Tú me sugieres; que no deje para mañana lo que debo de hacer hoy, pues el mañana no sé si llegará para mí. Quiero estar preparado en todo momento –con la luz encendida, en gracia y en oración–, para que cuando me llames, pueda yo también decir: Aquí estoy porque me has llamado.




© P. Jesús Martínez García

domingo, 5 de noviembre de 2017

DICEN Y NO HACEN - MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 5 NOVIEMBRE 2017


“Dicen y no hacen”



Los fariseos no son practicantes. Todavía hay humor en este texto. Muchos y muchas lectores encontrarán un gran placer.  Con una ironía fina, Jesús ridiculiza a los hipócritas, a los orgullosos y vanidosos; a toda esta gente desagradable que hemos encontrado.  Cada uno hace sutilmente la aplicación a los homólogos actuales de los escribas y fariseos: personas que tienen la ciencia, que buscan la consideración, que dirigen y juzgan a los demás.  Incluso el anticlericalismo, que adormece al corazón de toda persona que se despierta dulcemente.

¿Qué reprocha Jesús a los jefes espirituales de su tiempo?  Son incoherentes: “Dicen y no hacen.”  Son perezosos: “Echan cargas pesadas... pero ellos no quieren mover ni un dedo.”  Son vanidosos: “Siempre actúan para ser vistos...  Les gustan los lugares de honor... los primeros rangos... que los saluden en las plazas.”

Desgraciadamente, los escribas y los fariseos no son los únicos en calificarse: muchos bautizados podrán reconocerse en ellos. Si hemos experimentado ante lo que dice Jesús y decimos: “Yo no soy de esos”, entonces, desde ese instante, los somos. Por otra parte, ¿quién de entre nosotros no se ha alegrado nunca en ver condenar los errores de los demás?

Pues lo el Señor reprocha aquí a los escribas y a los fariseos —su incoherencia, pereza y vanidad— es muy universal y humano, y cada uno lo somos a nuestra manera. La peor ceguera es la que no oculta nuestras propias incoherencias.

En el Reino de los cielos, nadie es dueño y nadie debe dominar: somos hermanas y hermanos. Ninguno es padre, nadie da a luz a los demás: todos son hijos de Dios.  Ninguno es doctor y nadie enseña; todos son enseñados por el mismo Espíritu.  Así la jerarquía del Reino no se basa en la ciencia, ni en la competencia, ni en el dominio, sino en el servicio de los y de las que no han tenido acceso a su justa parte de felicidad.



© P. Felipe Santos SDB

domingo, 29 de octubre de 2017

AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS


Amar a Dios sobre todas las cosas
Este amor tiene perfecta vigencia en nuestros días.


Por: José Guillermo García Olivas | Fuente: Catholic.net 




Aquel joven le preguntó a Jesús: ¿Maestro que he de hacer yo para conseguir la vida eterna? y El le contestó: “Si quieres entrar en la vida eterna, cumple los Mandamientos” (Mt.19,16.19). Pero el joven insistió. ¿Cuál es el Mandamiento más importante de la Ley?. Jesús le respondió: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y más importante. Pero hay otro semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Toda la Ley se fundamenta en estos dos Mandamientos” (Mt.22,36.38).

Y esto, me recuerda mi noble y sincera pregunta, a aquel hombre de Dios, en una sesión de catequesis para adultos. ¿Cómo es posible amar a Dios, al que no vemos, si nos resulta tan difícil, amar a los que viven a nuestro alrededor?. La respuesta fue tan contundente y definitiva, que me hizo reflexionar.

Si no amas a Dios, porque no lo ves, es que tu amor a El es frágil. Porque amarle, es seguirle y reconocerlo como creador y salvador. Como dueño y señor de todo lo que existe. Como destino de nuestro espíritu, para agradecerle, todo lo que ha hecho y hace día a día por nosotros.

Es, profesarle libremente nuestro amor en público y en privado. Es, pedirle ser el último en todo, y aceptar ser el primero en amarle sin peso ni medida.

Amar a Dios, es verlo y sentirlo, no allá lejos, donde brillan las estrellas, si no a nuestro lado, caminando por nuestras mismas calles.

Amarle, es contemplar todos los tesoros de bondad y ternura, que nos ha dejado, y cumplir su nuevo Mandamiento: “Que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn.15,12).
No sé, pero me parece a mí, después de escuchar al catequista, que el amor a Dios, se refleja en esa lección de pequeños detalles que la vida diaria nos enseña.

Y es amar a Dios, cumpliendo con el primer Mandamiento, amando a los inmigrantes, que desesperados por diversas causas, abandonan sus pueblos y no encuentran acomodo entre nosotros. Y comprendiendo a los que sufren pérdida de libertad, siendo inocentes o presuntos culpables. Amando y respetando a los desvalidos o indigentes; a los que nos importunan en el tráfico diario, y a los que nos superan en el mundo laboral.

Y es amar a Dios, amando, a los que nos atienden en los hospitales, a veces, salvando nuestras propias vidas. Y visitando a nuestros mayores, que en residencias o en sus propios hogares, se encuentran abandonados, consumiendo sus últimos días en esta vida. Y consolando a los que sufren el azote de la enfermedad incurable y esperan en la soledad de cualquier centro sanitario.

También se ama a Dios, no volviendo la cara hacia esos africanos –en su mayoría jóvenes- que viven en la frontera entre Uganda y Kenia, sufriendo una gran epidemia de sida y tuberculosis y que nos gritan sin esperanza, que quieren vivir, pero no tienen comida para alimentarse ni medicamentos que les evite ese holocausto.

Y se puede amar a Dios, convenciendo a los que piensan equivocadamente que por envejecer dejan de amar, sin saber que, por dejar de amar, empiezan a envejecer y hablando con aquellos que amamos y sin embargo no nos atrevemos a decírselo. Y, ayudando a los niños explotados, marginados, incipientes delincuentes que buscan en los basureros, la comida que nosotros desechamos.

Amar a Dios es amando al Padre Vicente Ferrer, misionero, que lo abandonó todo por amor a los que sufren en la India, donde desarrolla una labor inmensa. O, reflejándonos en el espejo de Monseñor Romero, que en pleno siglo XX, dio su vida por amor a Dios y a los hombres.
Y entendiendo a los misioneros, que dejando sus países, familias y comodidades, se marcharon lejos por amor a los que los necesitan, regalándoles hasta su propia vida.

Igualmente, se ama a Dios, amando y perdonando a los incrédulos y no creyentes, porque tal vez, por nuestros raquíticos ejemplos en la vida espiritual, moral y social, hayamos sido culpables de su falta de amor y conocimiento de Dios.

Por todo ello y mucho más, estoy plenamente convencido, que efectivamente “algo escrito hace más de dos mil años”, tiene perfecta vigencia en nuestros días.

lunes, 23 de octubre de 2017

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR


“Al César lo que es del César”




El Evangelio de este domingo termina con una de aquellas frases lapidarias de Jesús que han dejado una marca profunda en la historia y en el lenguaje humano: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. No más: o César o Dios, sino: uno y otro, cada uno en su lugar. Es el comienzo de la separación entre religión y política, hasta entonces inseparables en todos los pueblos y regímenes.

Los hebreos estaban acostumbrados a concebir el futuro reino de Dios instaurado por el Mesías como una “teocracia”, es decir, como un gobierno dirigido por Dios en toda la tierra a través de su pueblo. Ahora en cambio, la palabra de Cristo revela un reino de Dios que “está” en el mundo pero que no “es” de este mundo, que camina en una longitud de onda distinta y que, por ello, coexiste con cualquier otro régimen, sea de tipo sacro o “laico”.

Se revelan así dos tipos cualitativamente diversos de soberanía de Dios en el mundo: la “soberanía espiritual” que constituye el reino de Dios y que ejerce directamente en Cristo, y la “soberanía temporal” o política, que Dios ejerce directamente, confiándola a la libre elección de las personas y al juego de las causas segundas.

César y Dios, sin embargo, no están al mismo nivel, porque también César depende de Dios y debe rendirle cuentas. “Dad a César lo que es de César” significa, por tanto: “Dad a César lo que 'Dios mismo quiere' que le sea dado a César”. Dios es el soberano de todos, César incluido. No estamos divididos entre dos pertenencias, no estamos obligados a servir “a dos señores”. El cristiano es libre de obedecer al Estado, pero también de resistir al Estado cuando éste se pone contra Dios y su ley. En este caso, no vale invocar el principio del orden recibido de los superiores, como suelen hacer ante los tribunales los responsables de crímenes de guerra. Antes que a los hombres, hay que obedecer a Dios y a la propia conciencia. Ya no se puede dar a César el alma que es de Dios.

El primero en sacar conclusiones prácticas de esta enseñanza de Cristo fue san Pablo. Escribió: “Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino. Por eso precisamente pagáis los impuestos, porque son funcionarios de Dios, ocupados asiduamente en ese oficio” (Rom 13, 1 ss.). Pagar lealmente los impuestos para un cristiano (también para toda persona honrada) es un deber de justicia y por tanto un deber de conciencia. Garantizando el orden, el comercio y todos los demás servicios, el Estado da al ciudadano algo por lo que tiene derecho a una contrapartida, precisamente para poder seguir dando estos servicios.

La evasión fiscal, cuando alcanza ciertas proporciones -nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica- es un pecado mortal, similar al de cualquier robo grave. Es un robo hecho no al “Estado”, o sea, a nadie, sino a la comunidad, es decir, a todos. Esto supone naturalmente que también el Estado sea justo y equitativo cuando impone las tasas.

La colaboración de los cristianos en la construcción de una sociedad justa y pacífica no se agota con pagar los impuestos; debe extenderse también a la promoción de valores comunes, como la familia, la defensa de la vida, la solidaridad con los más pobres, la paz. Hay también otro ámbito en el que los cristianos deberían dar una contribución más grande a la política. No tiene tanto que ver con los contenidos como con los métodos, el estilo. Es necesario desempozoñar el clima de lucha permanente, procurar mayor respeto, compostura y dignidad en las relaciones entre partidos. Respeto al prójimo, moderación, capacidad de autocrítica: son rasgos que un discípulo de Cristo debe llevar a todas las cosas, también a la política. Es indigno de un cristiano abandonarse a insultos, sarcasmo, rebajarse a riñas con los adversarios. Si, como decía Jesús, quien dice al hermano “estúpido” ya es reo de la Gehenna, ¿qué será de muchos políticos?


© Padre Raniero Cantalamessa

lunes, 16 de octubre de 2017

INVITADOS AL BANQUETE


Invitados al banquete



Hay un estribillo de un canto, que sobre todo en el tiempo de Adviento, recobra especial relevancia: “es Cristo quien invita, alegra el corazón, viste el alma de fiesta que viene tu Señor”. La Eucaristía, sigue solicitando de nosotros actitudes de fiesta y de encuentro, de alegría y de perdón, de caridad y de justicia. Son, todas ellas, diferentes costuras del auténtico traje de fiesta que desea el Señor para aquellos que acudimos, con debilidades pero con confianza, al banquete pascual.

Como Rey, Dios, domingo tras domingo, prepara un banquete de bodas en cada altar. Convoca con campanas y cánticos a su pueblo para que escuche su Palabra, para que lo sientan cercano. Unos somos sensibles a su llamada y acudimos. En otros, ese tañido de convocatoria y de invitación, hace tiempo que dejó de ser decisivo y de marcar la orientación del Día del Señor.

Como Rey, Dios, el día primero de cada semana, intenta disuadirnos de esa pereza que nos aleja de él, de esa tentación que supone decir a todo “sí” (deporte, campo, playa, montaña) dejando en inferioridad de condiciones a la misa dominical por ejemplo.

-A un banquete no se va por obligación. Pero, cuando uno deja de comer, su cuerpo se debilita, su organismo se desequilibra. ¿No ocurre algo parecido en la vida de muchos cristianos? Comenzaron por dejar la misa, olvidaron la oración y han acabado teniendo a Dios como un eterno desconocido.

-A un banquete no se va por la fuerza. Pero, como educadores, también los padres, hemos de saber transmitir a los hijos que la Eucaristía es un magnífico regalo de Dios, un momento intenso para vivir y celebrar la presencia del Señor. ¿Por qué muchos padres indican, valoran, exigen cualquier otro camino a sus hijos antes que aquel que conduce a la Eucaristía?

-A un banquete no se acude por simple cortesía. Dios no necesita nuestras alabanzas pero, la Eucaristía, cada fin de semana, es una fuente que emana muchos sentimientos que en el mundo escasean. La Eucaristía es pan para los que quieren ser fuertes ante un mundo que nos debilita.

¿Por qué hacemos del domingo un torbellino de actividades y no damos prioridad a algo que es mucho más profundo como la Eucaristía? ¿Por qué en el domingo todo sí y Dios no?

San Juan Pablo II nos dejó una exhortación apostólica sobre la Eucaristía. Entre otras cosas decía que no era cuestión de celebrar cosas extraordinarias, cuanto el recuperar, revivir, saborear y potenciarla más y mejor.

Que nadie, ni el rumbo ni las modas de los nuevos tiempos, nos rompan la tarjeta de invitación que desde el cielo, Dios como Rey, nos hace llegar para que compartamos este don, gracia, encuentro, sacramento y fiesta que hace del domingo un día diferente al resto de los días de la semana.

Dejar a un lado la Eucaristía dominical, a la larga o la corta, implica dejar a Cristo de lado y dejar nuestra vida interior sin un contraste con la Palabra, con la comunidad, con la iglesia y con nosotros mismos. ¡No seamos desagradecidos!


© Padre Javier Leoz

domingo, 15 de octubre de 2017

TODOS INVITADOS A LA BODA DEL HIJO DEL REY


Todos invitados a la boda del Hijo del Rey
El banquete de fiesta como una semejanza del Juicio Final


Por: P. Jesús Martí Ballester | Fuente: Catholic.net 




1. Lógicamente, después de escuchar el salmo 129 con que hemos comenzado la celebración eucarística: "Si llevas cuenta de los delitos, Señor, quién podrá resistir" tu presencia, hemos reconocido nuestros pecados, poniendo la confianza absoluta en El, "porque de El procede el perdón" y sólo espera que se lo pidamos para perdonarnos y olvidar nuestros pecados como si los arrojara a lo más profundo del océano.


2. Le está llegando la Hora a Jesús. Le quedan pocos días de vida. Tanto en la parábola de los homicidas de la viña del domingo anterior, como en la de hoy, la invitación a la boda rechazada por unos hombres descorteses que se van a sus negocios, como por otros más vengativos y criminales, que ultrajaron a los criados y les mataron, ya profetizó su próxima muerte. Ambas parábolas son proféticas y en ellas Jesús quiere dejarles claro a sus enemigos que les ve venir y que está dispuesto a obedecer la voluntad del Padre, no huyendo de la muerte que ve cercana, sino manteniéndose firme ante el peligro inminente, que, por otra parte desea con anhelo que llegue, pues para esto ha venido.

Las dos parábolas desvelan igualmente el castigo que recibirá Israel: “El rey, montando en cólera, envió sus ejércitos, hizo matar a aquellos asesinos y prendió fuego a la ciudad”. Este anuncio profético se cumplió pavorosamente, en la invasión de Vespasiano y la destrucción de Jerusalén por los ejércitos romanos de Tito.

3. Iluminado Isaías por la intuición profética, describe un cuadro fascinante, en que resplandece en toda su amplitud el universalismo mesiánico. Presenta Isaías a Dios como un gran Rey, que ofrece el banquete de las bodas de su hijo a todas las naciones, en su palacio, en el Monte Sión, situado en Jerusalén, con "Manjares suculentos, enjundiosos, vinos generosos" Isaías 25,6. Se queda corto el profeta, porque no llegó a vislumbrar en toda su realidad espiritual y universal el banquete mesiánico, la Eucaristía, prenda del banquete de la bienaventuranza. Ah! Si nosotros por una gracia especial, pudiéramos atisbar lo que es la Comunión!

La incorporación a Dios, nuestra unidad con El, como la experimentó al comulgar un día Santa Teresa, que se le llenó la boca de sangre viva y caliente. ¡Qué impresión! Con frase lacónica y certera define el Concilio Vaticano II: “La santísima Eucaristía es el centro y cima de la Palabra y de los otros sacramentos” (Decreto Ad gentes). En Roma se está celebrando el Sínodo sobre la Eucaristía, presidido por el Papa Benedicto XVI.

Pidamos a Dios que se estudien y se sepan poner de relieve los regalos admirables de tan gran sacramento para que el pueblo de Dios lo sepa aprovechar, acudiendo, frecuentando, adorando, contemplando, en sentido contrario a lo que han hecho los invitados que dejándose arrastrar por las cosas urgentes, han omitido la más necesaria: “María ha elegido la mejor parte”. “De qué le sirve al hombre al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”.

4. Dios inaugurará con este banquete una era de alegría sin fin. Quitará el velo, signo del luto que pesa sobre los pueblos por la desgracia de su castigo. Dios enjugará las lágrimas de todos los ojos entenebrecidos y aniquilará la muerte, el mal terrible, temido y universal.

Los cananeos que celebraban cada año al comienzo de la primavera la victoria de Baal, dios de las alturas, sobre Mot, dios de la muerte, entendían la inmortalidad, pero no podían entender el grito de la resurrección: "¿Dónde está, muerte, tu victoria?" (1 Cor 15,55). "Muerte, yo seré tu muerte" (Os 13,14).

5. A este festín están invitados todos los pueblos de la tierra. Aquí toma origen la parábola de hoy, que se basa en otra, procedente de la cultura religiosa judía. Jesús conoce la cultura de su pueblo y la utiliza. Del Cántico de la viña de Isaías sacó la parábola del domingo anterior, y hoy, la de la boda del hijo del rey, que tiene este precedente: Murió un publicano rico y fue enterrado con todos los honores. Se declaró luto en la ciudad y acudieron todos a su entierro. Murió también un escriba pobre, pero piadoso, y a su entierro no fue nadie. Y se preguntaban: ¿Dónde está la justicia de Dios que no vela por los suyos y permite que los impíos sean glorificados por todos, mientras que el escriba pobre y piadoso, muere en el anonimato?

La explicación era la siguiente: el publicano rico había hecho una obra buena y, merecía ser recompensado por ella. ¿Cuál? Preparó un banquete e invitó a toda la gente representativa: fariseos, escribas, sacerdotes. Estos no quisieron acudir a la invitación del publicano, para no rebajarse comiendo con él pues era pecador. Ante el desaire a su invitación, el publicano rompió con la aristocracia religiosa y puritana, e invitó a los pobres al banquete para que no se estropease la comida. Con este trasfondo, Jesús crea su parábola, y para poner de relieve la bondad de Dios, compara al rey con este publicano que ofrece el banquete sin distinciones racistas.

Los oyentes, escuchaban complacidos la parábola porque ellos eran los puros que habían rehusado el banquete del publicano; los santos que habían respetado la pureza legal. Pero Jesús, según Lucas, ha terminado de hablar, diciendo: "Os digo que ninguno de aquellos invitados gustará mi cena" (Lc 14,24). ¿Qué ha querido decir Jesús? Mi invitación a entrar en el Reino, a aceptar mi persona y mi mensaje, es la invitación de Dios mismo.

Ninguno de vosotros tendrá parte en el banquete del Reino de los cielos. Mateo 22, 1. Vosotros mismos os habéis autoexcluido. Pero si podéis excluiros, lo que no podéis es impedir que se celebre la boda y que participen los publicanos, pecadores y meretrices, que vagan despreciados por los caminos, pero que han sido capaces de cambiar interiormente.

6. Siempre que Jesús habla de la felicidad eterna del Reino de los cielos, comienza así: El reino de los cielos se parece a..., es decir, nos habla de un parecido, no de la realidad por nuestra incapacidad de entenderla. En la parábola de hoy, el reino de los cielos se parece a una boda, porque en la boda reina la alegría, se estrecha la amistad, en medio de la euforia se inician nuevos amigos, se cierran heridas, hay regalos, flores, coches, baile, trajes lujosos, tocados artísticos, abundancia gratuita, luces, perfumes, belleza, alfombras ornamentales, fiesta. Y, cuando, como en este caso se trata nada menos que la boda del Príncipe, del Hijo del rey, enardece la imaginación para sugerirnos con mayor relieve las bodas del Hijo de Dios con la Iglesia, como camino universal de la entera humanidad, a la que se entrega por amor eterno, universal y para siempre. Y esa boda prefigura y es camino de las bodas eternas del Cordero: “Comed, amigos y bebed, embriagaos, mis queridos” (Cant 5,1).

“Entonces te desposaré conmigo para siempre, en la benignidad y en el amor” (Os 3,21). “Oí una voz como de grandes aguas, que decía: Alegrémonos y gocémonos, porque ha llegado la boda del Cordero, y su Esposa se ha embellecido, y le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura, las buenas obras de los santos. ¡Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero” (Ap 19,7).

7. "Cuando el rey entró a saludar a los comensales, en un acto judicial que evoca el juicio final, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta". El vestido de boda significa la acción santificadora de Dios sobre el hombre: "me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo" (Is 61,10), el triunfo de la justicia y la santidad de Dios, participada por el hombre mediante la gracia santificante y la riqueza de los Dones del Espíritu Santo. Y como no llevaba el traje de gala, la gracia, fue excluido del banquete, "atadlo de pies y manos y arrojadlo a las tinieblas exteriores", lejos de Dios, de la luz a las tinieblas, a la gehena del fuego: "Allí será el llanto y el rechinar de dientes".

La invitación al banquete es gratuita, pero su aceptación requiere el vestido que también se da gratis: basta con despojarse de los andrajos del pecado del hombre viejo, en el sacramento de la misericordia y tejerlo con las buenas obras de la conversión: “Por esto quien comiere el pan del Señor o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese pues el hombre, y entonces coma del pan y beba del cáliz” (1 Cor 11,27).

8. En el Salmo 22, David, que conocía por experiencia su solicitud como pastor por cada una de las ovejas de su rebaño, ha elegido la figura del pastor para significar la acción de Dios en cada hombre y en cada suceso de la historia. Con gran belleza compara a Dios con el pastor que se preocupa de sus ovejas, y les busca y elige los pastos mejores y las conduce a las aguas más frescas, tan codiciadas en las zonas semiesteparias de Palestina, y siente que nada le falta, porque descansa en el oasis buscado y encontrado por El. ¡Qué consolador en medio de la tormenta y de la duda de las horas bajas conocer que tenemos tan buen y gran Dios, que va delante de nosotros, su rebaño escogido y amado y cuidado con tanto cariño!

Participemos con gratitud en el banquete Eucarístico, que "es la mesa que prepara para nosotros la bondad y la misericordia del Señor. Las verdes praderas en que nos hace recostar, y las fuentes tranquilas en las que repara nuestras fuerzas, para seguir caminando, si es preciso, por cañadas oscuras, hasta llegar a habitar en la casa del Señor, por años sin término".

9. Terminemos como hemos comenzado: "Si llevas cuenta de los pecados, Señor, ¿quién podrá resistir" tu juicio?" Pensando esto, a la vez que se cura nuestro orgullo y nuestra suficiencia, no nos deprime la confesión de nuestras debilidades e impotencia y nos cuesta menos abandonar nuestro cuidado entre las azucenas olvidado. Dios no es un ser oscuro, una energía anónima y bruta, un hecho incomprensible. Es una persona que siente, que obra y actúa, ama y participa en la vida de sus criaturas y no es indiferente a sus obras, y menos a sus hijos los hombres."Es la magnificencia con que el Padre nos provee, conforme a su riqueza en Cristo Jesús" Filipenses 4,12.





Jesús Martí Ballester
jmarti@ciberia.es

domingo, 8 de octubre de 2017

SE OS QUITARÁ EL REINO


"Se os quitará el Reino"



La parábola de los viñadores infieles, sobre todo en su conclusión («Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos»), evoca el tema del llamado «rechazo de Israel». Una interpretación simplista y triunfalista de ésta y otras páginas similares del Evangelio ha contribuido a crear el clima de condena de los judíos, con las trágicas consecuencias que conocemos. Nosotros no debemos abandonar las certezas de fe que nos llegan del Evangelio, pero basta poco para darnos cuenta de cuánto nuestra actitud ha alterado frecuentemente su genuino espíritu.

Ante todo, en esas terribles palabras de Cristo al expresarse ante Israel está el extraordinario amor de Dios, no una fría condena. ¡Jesús llora cuando habla del futuro de Jerusalén! Se trata además de un rechazo pedagógico, no definitivo. También en el Antiguo Testamento se habían producido rechazos de Dios. Uno de ellos es descrito por Isaías, en la primera lectura (Is 5,1-7), con la misma imagen de la «viña» («Ahora, pues, voy a haceros saber lo que hago yo a mi viña: quitar su seto, y será quemada; desportillar su cerca, y será pisoteada», 5,5), pero esto no ha impedido a Dios seguir amando a Israel y velando por él.

San Pablo nos asegura que también este último rechazo, anunciado por Jesús, no será definitivo. Es más, permitirá a los paganos entrar en el Reino (Cf. Rm 11,11.15). Él va más allá: por la fe de Abraham -que es la primicia y la raíz- todo el pueblo judío es santo, si bien algunas ramas han desfallecido (Cf. Rm 11,16). El Apóstol de las gentes, injustamente considerado partidario de la fractura entre Israel y la Iglesia, nos sugiere la actitud adecuada ante el pueblo judío. No autoseguridad y estúpido orgullo («¡Somos nosotros ahora el nuevo Israel, nosotros los elegidos!»), sino temor y temblor ante el insondable misterio de la acción divina («Así pues, el que crea estar de pie, mire no caiga») (1Co 10,12), y todavía más amor por Israel, que es «la raíz y el tronco en el que hemos sido injertados». Pablo dice estar dispuesto a quedar separado de Cristo si ello pudiera ser útil a sus hermanos (Cf. Rm 9,1-3). Si los cristianos en el pasado se hubieran preocupado de tener estos sentimientos hablando de los judíos, la historia habría tenido un curso distinto.

Si los judíos un día llegan (como Pablo espera) a un juicio más positivo de Jesús, esto deberá ocurrir por un proceso interno, como arribo de una búsqueda propia de ellos (cosa que en parte está sucediendo). No podemos ser nosotros los cristianos los que busquen convertirles. Hemos perdido el derecho de hacerlo por el modo en que esto ha sucedido en el pasado. Deberán antes ser sanadas las heridas a través del diálogo y la reconciliación.

No veo cómo un cristiano que ame verdaderamente a Israel pueda no desear que éste llegue un día a descubrir a Jesús, a quien el Evangelio define: «gloria de su pueblo, Israel» (Lc 2,32). No creo que esto sea proselitismo.

Pero ahora lo más importante es suprimir los obstáculos que hemos interpuesto para esta reconciliación, la «mala luz» en que hemos puesto a Jesús a sus ojos. También los obstáculos presentes en el lenguaje: cuántas veces la palabra «judío» se usa en sentido despreciativo, o negativo, en nuestro modo de hablar. A partir del Concilio Vaticano II, las relaciones entre cristianos y judíos mejoraron. El decreto sobre el ecumenismo ha reconocido a Israel un estatuto aparte entre las religiones. Para nosotros, cristianos, el judaísmo no es «otra religión»; es parte integrante de nuestra propia religión. Adoramos al mismo «Dios de Abraham, Isaac y Jacob» que para nosotros es también «el Dios de Jesucristo».


Padre Raniero Cantalamessa

domingo, 24 de septiembre de 2017

NO DESVIRTUAR LA BONDAD DE DIOS - MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 24 SEPTIEMBRE 2017

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Evangelio Comentado por:
José Antonio Pagola
Mt 20,1-16

NO DESVIRTUAR LA BONDAD DE DIOS

A lo largo de su trayectoria profética, Jesús insistió una y otra vez en comunicar su experiencia de Dios como “un misterio de bondad insondable” que rompe todos nuestros cálculos. Su mensaje es tan revolucionario que, después de veinte siglos, hay todavía cristianos que no se atreven a tomarlo en serio.

Para contagiar a todos su experiencia de ese Dios bueno, Jesús compara su actuación con la conducta sorprendente del señor de una viña. Hasta cinco veces sale él mismo en persona a contratar jornaleros para su viña. No parece preocuparle mucho su rendimiento en el trabajo. Lo que quiere es que ningún jornalero se quede un día más sin trabajo.

Por eso mismo, al final de la jornada, no les paga ajustándose al trabajo realizado por cada grupo. Aunque su trabajo ha sido muy desigual, a todos les da “un denario”: sencillamente, lo que necesitaba cada día una familia campesina de Galilea para poder sobrevivir.

Cuando el portavoz del primer grupo protesta porque ha tratado a los últimos igual que a ellos, que han trabajado más que nadie, el señor de la viña le responde con estas palabras admirables: “¿Vas a tener envidia porque yo soy bueno?”. ¿Me vas a impedir con tus cálculos mezquinos ser bueno con quienes necesitan su pan para cenar?

¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que Dios, más que estar midiendo los méritos de las personas, como haríamos nosotros, busca siempre responder desde su bondad insondable a nuestra necesidad radical de salvación?

Confieso que siento una pena inmensa cuando me encuentro con personas buenas que se imaginan a Dios dedicado a anotar cuidadosamente los pecados y los méritos de los humanos, para retribuir un día exactamente a cada uno según su merecido. ¿Es posible imaginar un ser más inhumano que alguien entregado a esto desde toda la eternidad?

Creer en un Dios Amigo incondicional puede ser la experiencia más liberadora que se pueda imaginar, la fuerza más vigorosa para vivir y para morir. Por el contrario, vivir ante un Dios justiciero y amenazador puede convertirse en la neurosis más peligrosa y destructora de la persona.

Hemos de aprender a no confundir a Dios con nuestros esquemas estrechos y mezquinos. No hemos de desvirtuar su bondad insondable mezclando los rasgos auténticos que provienen de Jesús con trazos de un Dios justiciero tomados de aquí y de allá. Ante el Dios bueno revelado en Jesús, lo único que cabe es la confianza.

domingo, 3 de septiembre de 2017

APRENDER A PERDER, MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 3 SEPTIEMBRE 2017


Evangelio Comentado por:
José Antonio Pagola
Mt 16,13-20

APRENDER A PERDER


El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces:«El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la encontrará». Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.

El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación; la otra, a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.

El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio «yo» la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.

El segundo camino consiste en saber perder viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien, sino también el de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.

Jesús está hablando desde su fe en un Dios salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una humanidad dividida y fragmentada donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países su propio bienestar; los individuos su propio interés?

La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del «tener siempre más». Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.

Buscamos insaciablemente bienestar, pero, ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos «progresar» cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humanos en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar cerrando nuestras fronteras a los hambrientos y a quienes buscan entre nosotros refugio de tantas guerras?

Si los países privilegiados solo buscamos «salvar» nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo hemos de aprender a perder.
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